THE DARK SIDE OF THE MOON, Pink Floyd (1973)

Pink Floyd - "The Dark Side of the Moon" (EMI, 1973)
Un sonar contínuo de latidos de corazón, que marcan el ritmo de la vida y condicionan toda la existencia humana, dan la bienvenida al octavo disco de una banda que palparía el éxito con su publicación: The Dark Side of the Moon (EMI, 1973). Aunque no fue ideado para ser un disco comercial, ha logrado situarse como el tercer disco más vendido de la historia de la música contemporánea, con más de 40 millones de copias, además de obtener el record de ser el disco que más tiempo permaneció en las listas Billboard 200 de EEUU, con 741 semanas, es decir, aproximadamente 14 años.
Esta concepción experimental sobrepasó con creces todos los cánones musicales hasta la época, revolucionando las bases del rock y creando un concepto indefinible, un sonido atmosférico que alcanza a transportar al oyente hacia espacios etéreos por descubrir del alma humana. La portada del álbum, a cargo de Store Thorgerson, resulta inconfundible dentro de la imaginería de la sociedad actual, en la que se representa con gran simpleza el fenómeno de la dispersión de la luz en un prisma, frente a un fondo completamente negro. El diseño elegido, sin embargo, contradecía los designios de la discográfica EMI, que prefería una creación más clásica, en la que apareciera al menos un rótulo de palabras.
La fusión de sonidos se complementa magistralmente, combinando solos de saxofón jazzísticos (de la mano de Dick Parry), con pianos clásicos, voces femeninas magistrales o sintetizadores analógicos, que hacían ver la influencia de la emergente cultura electrónica de la Gran Bretaña de los años setenta. La síntesis de todo ello hace brotar lo que se ha venido a denominar en ciertas ocasiones “spacerock”, aunque desde mi punto de vista toda definición del sonido que estos cuatro jóvenes de Cambridge conseguían, se puede considerar simplista, reduccionista y alejada de la complejidad de su producción. Para la plasmación de todo este sonido fue fundamental la contribución de Alan Parsons como productor del álbum, que incluso ganó un Grammy al Albúm de Mejor Ingenieria de Sonido en 1973. Se utilizaron las tecnologías más avanzadas de producción digital, como las grabaciones multipistas, y se grabo en Abbey Road, Londres, durante los meses de mayo de 1972 y enero de 1973, tras varias interrupciones en el proceso.
Tras la salida de Syd Barret del grupo, por causas derivadas de los excesos de LSD, al que bien es cierto que debemos agradecer la creación de uno de los más psicodélicos y turbios discos de Pink Floyd, The Piper at the Gates of Dawn, la batuta compositiva de los libretos de canciones se trasladaba hacia Roger Waters, que en este caso se hace cargo de todas las letras principalmente. A pesar de ello, no podríamos considerar éste como un disco únicamente nacido personalmente, ya que fue un punto cúlmen creativo de la banda, en la que la empatía entre Roger Waters, David Gilmour, Nick Mason y Richard Wright corría a través de las letras y sonidos, germinando una coordinación y complementación musicalmente magistral.
Aunque resultaba poco usual para la época, los componentes del grupo concibieron el disco como un álbum conceptual, rodeando todas las letras y la música ante un tema común: la experiencia de la sociedad contemporánea. Su alto contenido filosófico ha sido admirado por muchos críticos musicales, y consolidará uno de los principios fundamentales de la banda por los que se reconocerá a través de su extensa discografía a partir de entonces. La obsesión por el tiempo, como carcelero del ser humano, la vida como un gran reloj, que no se detiene e imposible de controlar: “The sun is the same in a relative way, but you are older, shorter of breath and one day, closer to death”; el poder del dinero en esta sociedad completamente materialista: “Money it’s a crime, Share it fairly but don’t take a slice of my pie. Money so they say, Is the root of all evil today”; o la locura como consecuencia de este sistema, con numerosas referencias a su anterior componente Syd Barret: “There’s someone in my head but it’s not me”.
Resulta interesante la serie de frases sin cohesión que intervienen en alguna de las canciones, y que fueron formuladas hacia miembros del equipo técnico durante la grabación. En ellas, éstos se tenían que enfrentar a preguntas existenciales o de interés metafísico, que hacían referencia con el concepto central del diso. Alguna de las respuestas sobre la muerte:“And I am not frightened of dying, any time will do. I don’t mind. Why should I be frightened of dying? There’s no reason for it. You’ve gotta go sometime”.
Algunas de las canciones del álbum marcarán una seña indeleble en el imaginario musical de todo aficionado a la música verdadera. Entre ellas se puede destacar The Great Gig in the Sky, muy simplista, conjugando únicamente un piano con una voz femenina espectacular, interpretada por Clare Torry, que nos hacen realmente sentirnos en el cielo que evoca su título, tocando las nubes, sobrevolando ciudades sin reparar en nada, fuertes como tormentas eléctricas descendiendo de altos universos, con esos contrastes tonales que lleva a cabo la cantante. Money, fue el single de mayor éxito del disco, y contiene uno de los riffs más famosos de la banda. Time, con un sonido desternillante de despertadores, campanas y relojes en su comienzo, es también una de las obras maestras que nos entregan con esta publicación el grupo británico. A pesar de todo, es imposible dejar de lado ninguna canción, puesto que en su conjunto forman un álbum genial, desde cualquier punto de vista que se mire.
“There is no dark side of the moon really. Matter of fact it’s all dark.” ¿Quién es partícipe del lado oscuro de la luna? Quizás todos nos incluyamos en la demencia oscura que nos eclipsa el entendimiento.
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